El otro día, en la sobremesa familiar, se repitió una conversación que ya he tenido demasiadas veces. Estaban mi hermana y mis sobrinos, dos chicos de veinte y veintidós años. Mi hermana, con esa mezcla de amor y miedo que da la crianza, sentenció que el futuro de los chavales sería muy malo y difícil.
Fui el único que lo negó. En el trabajo, las conversaciones son similares: "lo que viene será peor", "esto no tiene arreglo", "estamos condenados". La mayoría asiente con la cabeza, como quien acepta una verdad incuestionable.
Pero yo me niego a comprar ese discurso. Y no por un optimismo ingenuo, sino porque estoy convencido de que esa idea de que "no hay opción" es, precisamente, el mensaje más útil para el sistema. Si nada se puede hacer, nadie hace nada. Y si nadie hace nada, el sistema sigue funcionando sin resistencia.
Me pongo a pensar en la historia. Europa no puede estar peor hoy que en 1946, con las ciudades en ruinas, millones de muertos y el hambre llamando a la puerta. No estamos peor que en la Edad Media ni peor que en el Crack del 29. De hecho, tenemos herramientas que ellos no tenían.
Nunca antes la humanidad tuvo la posibilidad de conectar con tanta facilidad. Con un click puedes encontrar cómplices en la otra punta del mundo, personas que comparten tus ideas, tus luchas, tus sueños. La red que nos conecta es un tejido de posibilidades infinitas.
El problema es que el cambio es como un susurro en medio del ruido. El sistema está diseñado para que el ruido sea ensordecedor: la urgencia del día a día, las noticias que angustian, la fatiga, los algoritmos que nos muestran lo peor de nosotros mismos. En ese estruendo, el susurro del cambio apenas se oye.
Pero no ha desaparecido. Está ahí. Y cuando un grupo de personas se detiene, escucha con atención y se une, el susurro se convierte en una voz. Y la voz, cuando se multiplica, se vuelve grito.
De repente, ese susurro se hizo voz. Y no una voz cualquiera, sino un coro de gente que, sin miedo, se atrevía a proponer un viaje hacia un futuro mejor. El viaje tenía un nombre provocador y optimista: "España puede ser la hostia".
Escuchándolos, no pude evitar acordarme de Silvia Federici. Ella nos habla del mandato de recuperar lo común. Devolver el sol, el viento y el agua a la comunidad. No dejarlos en manos de oligopolios ni de fondos de inversión, sino gestionarlos para que nos aseguren un futuro en el que nos cuidemos entre todos.
Esa idea de "cuidarnos" es la que me hace conectar el plan con la "ternura radical" que propone Eurídice Cabañes. No es una ternura blandengue, sino el reconocimiento de que somos interdependientes, de que no nos salvamos solos. Es la ternura del que sabe que su futuro depende de la tierra que pisa y de la gente con la que comparte el camino.
Lo que propone este plan no es solo un cambio de modelo energético o agrario. Es una reconciliación con nuestro entorno. Es pasar de la lógica del saqueo a la lógica del cuidado. Y eso, en los tiempos de ruido y pesimismo que vivimos, es un acto de rebeldía.
No voy a detallar aquí las diez propuestas ni los cálculos que las sostienen. No soy economista ni ingeniero agrónomo, y prefiero que cada cual juzgue por sí mismo la solidez del plan. Pero sí quiero dejar constancia de lo que me ha removido: la sensación de que hay una alternativa real, con costes, financiación y medidas concretas .
Si sientes la misma curiosidad que yo, si el discurso del "no se puede" también te pesa, te invito a asomarte a su web. Allí están los datos, los enlaces y el calendario. Y si el 13 de noviembre, cuando publiquen el semáforo de los compromisos de los partidos, ves que alguien se ha tomado en serio estas propuestas, quizás sientas, como yo, que el susurro se ha vuelto un poco más fuerte.
El otro día le dije a mi hermana que no estaba de acuerdo con ella. No sé si este plan le convencerá. Pero al menos ahora tengo algo concreto que ofrecerle además de una negativa.
Porque el futuro no es un sitio al que vamos, sino un lugar que decidimos construir. Y a veces, para empezar a construirlo, basta con dejar de gritar y escuchar el susurro.
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