Estaba tomando el café este domingo, en la pausa de descanso del trabajo, y mirando un rato mi Bluesky cuando me salió una noticia de intención de voto en Catalunya: Alianza Catalana, un partido de ultraderecha y abiertamente racista, podría ser primera fuerza del Parlament.
Recordé muchas conversaciones mientras atendía la barra de mi bar, en el barrio de Sants, que se dieron al comienzo del procés y durante su desarrollo. Siempre me pareció que aquel movimiento —en el que seguramente había mucha gente que se unía y se identificaba por lo que le indicaban sus tripas— no iba bien encaminado. Nacía con unas bases poco sólidas para el edificio que quería construir. Existía mucha ilusión en el viaje, pero el conductor del tren tenía otros planes de destino.
Mi mensaje en Bluesky decía lo siguiente:
"En los 2010 se replantó la semilla del nacionalismo independentista y se regó durante años con odio a todo lo que no era catalán. Al cabo de unos años, recogen el fruto de lo plantado, que no es ni más ni menos que lo que siempre sale del árbol del nacionalismo: el fruto del fascismo."
Seguí trabajando. Cuando llegué a casa, miré el móvil y encontré un montón de respuestas que, tantos años después, me llevaban de vuelta a la barra de mi bar y al 2010.
Muchos años después, los mismos argumentos, las mismas respuestas. Todas escritas desde el sentimiento, ninguna explicando nada más que el sentido de la confrontación: o eres de los míos o eres de los otros. En resumen: "No lo entiendes, el procés, porque no eres de aquí". O peor: "No lo apoyas porque eres un fascista español". En pocas palabras.
Siendo sincero, ninguna respuesta me dolió, y ni siquiera me molestó. Pero me hizo pensar que tal vez podría explicar de forma argumentada mi posición.
El sentimiento independentista y de autodeterminación del pueblo catalán ha existido siempre; no es algo del siglo XXI. Los sentimientos, como tales, son en principio respetables y no tienen por qué ser siempre compartidos.
En este caso, a finales de 2010 el movimiento se empezó a acelerar. Cuando Artur Mas, president de la Generalitat, tuvo que salir en helicóptero del Parlament rodeado por movilizaciones de ciudadanos disconformes con su mandato, a su partido, Convergència i Unió, se le abrió la ventana —se podría decir que hicieron uso del concepto de la ventana de Overton— de tirar hacia adelante el comodín de la independencia junto a Esquerra y la CUP.
Y para mí ahí se rompió todo. Porque CiU es un partido de la oligarquía catalana cuyo interés es tener el control del país para su beneficio. No puede albergar ninguna idea transformadora para este momento de la historia. Porque lo que está es lo que le sirve; solo necesita quitarse de encima al poder madrileño, que es su competencia.
Cuando hablábamos del procés, los argumentos más populares eran "España nos roba" y "nosotros sabremos hacerlo mejor solos". Todo lo demás eran reivindicaciones históricas y sentimentales.
Cuando escuchaba eso, siempre pensaba en cualquier trabajador del resto de España, con sus problemas para llegar a fin de mes, pensando que esa España también le robaba a él.
¿Y quiénes eran ese "nosotros lo haremos mejor"? La misma oligarquía que venía enriqueciéndose desde siempre. Porque cuando veías todo ese movimiento, no veías un cambio: seguías cargando gasolina en Repsol, con tu cuenta en el Banco Santander o tu línea de teléfono en Telefónica, y la SEAT seguiría siendo alemana.
Si recordamos la definición de Silvia Federici de los cercamientos como "el proceso por el cual lo común se privatiza y se convierte en mercancía", detrás de ese procés se podía intuir una reconfiguración de la élite dominante, que quería en cierta forma recuperar esa parcela que perdió hace tiempo.
Me viene a la cabeza la imagen de unas matrioskas: desde España, más pequeña Catalunya, y acabando con Andorra.
Cuanto más se iba dilatando en el tiempo el procés, más sus argumentos se cimentaban en sentimientos y resentimientos, se extendía la lista de agravios del otro y se empequeñecía el proyecto transformador.
Más grandes eran las muestras de catalanidad, y más pequeño se veía el proyecto de cambio. Se veía más el Estado-nación como forma y no como contenido. No se podía flaquear en las muestras de que el procés sería un éxito y que, por arte de magia, todo sería mejor. Cuando dudabas, el argumento era claro: "No lo entiendes porque no eres de aquí".
Preguntabas —porque al tener un negocio pequeño, cualquier incertidumbre te genera miedo por el futuro— y la respuesta mágica era: "Seremos como Suiza, pequeños y ricos".
A modo de anécdota, les decías:
—¿El Barça jugará la liga catalana?
La respuesta era rápida:
—No, ¿qué quieres que desaparezca?
Entonces, ¿cómo aquello que iba a ser tan bueno para el país, para mi bar, podía ser tan malo para un equipo de fútbol que representa la identidad catalana casi más que la bandera o Els Segadors?
Volvamos a mi mensaje, que es por lo que empecé todo esto. Tal vez decir que se regó con odio fue un poco extremo. Pero no podemos negar que se regó con mucho patriotismo populista. Y tal vez ese sentimiento, una vez pasado el procés y ante una nueva realidad, no ha encontrado otro cauce para muchos que seguir culpando a los de fuera.
Ahora no son solo los españoles: son también los inmigrantes que llevan años trabajando en el país y que, en cierta forma, seguro esperan ese proyecto transformador de clase, comunal, que atienda a las necesidades concretas y que rompa con el sistema que no reconoce nacionalidades, sino clases sociales.
Acabemos con una reflexión y un par de preguntas:
¿Puede haber un proyecto de independencia que no sea nacionalista? ¿O el nacionalismo es siempre el marco inevitable cuando se habla de soberanía?
Hagamos la reflexión desde la definición que nos da el profesor Manuel Delgado de las naciones: "Hay naciones porque hay nacionalistas. La nación es un constructo de los humanos; son un grupo humano que se considera homogéneo, con una historia compartida y una sensación de identidad que quiere compartir en un proyecto político."
Podría ser que el resultado hubiera sido distinto si se hubiera prestado más atención a las necesidades de todo el grupo humano, y si la sensación de identidad se hubiera reafirmado desde el proyecto que mejora la vida de todos, y no tanto desde los símbolos