jueves, 23 de octubre de 2025

El Narciso Digital y la Marea de Silicio



En los tiempos modernos, donde los templos no eran de mármol sino de silicio y acero, y los oráculos susurraban a través de hilos invisibles, un nuevo tipo de dios caminaba entre los mortales: Elon Musk. Mas su divinidad no nacía del Olimpo, sino de su propio reflejo, de la adoración que se profesaba a sí mismo en cada invención, en cada palabra lanzada al éter digital. Era el Narciso renacido, no ahogado en la limpidez de una fuente, sino en la turbulenta superficie de su propio ego. 

Su espejo primigenio era Twitter/X, un charco digital infinito donde se miraba dieciséis horas al día, buscando la confirmación de su grandeza, la resonancia de su propia voz amplificada. Cada "me gusta" era una ola que lo mecía, cada retuit un eco que confirmaba su existencia. 

Y no solo allí encontraba su reflejo. Los cohetes de SpaceX, titanes metálicos que rasgaban el velo celeste, eran espejos curvos gigantescos que proyectaban su ego al vasto e inexplorado espacio. Cada lanzamiento era una nueva proeza, un grito silencioso que proclamaba: "¡Aquí estoy yo, salvador de la humanidad!". Su ambición no conocía límites, y en Marte, el planeta rojo, creía hallar el único lugar donde su vasto ego podía caber entero. 

Pero el reflejo más perturbador era el "TeslaBot", un siervo metalizado, un golem moderno que, con ojos vacíos y movimientos mecánicos, repetía sus eslóganes, sus promesas de un futuro tecno-utópico. Era la personificación robótica de su propia imagen, una sombra vacía que lo seguía, aplaudiendo en silencio. 

Los dioses, no los del Olimpo, sino los de la Verdad y la Consecuencia, observaban con ceño fruncido. El castigo de este Narciso digital no sería la transformación en flor, sino una agonía más sutil, pero igualmente implacable. 

El agua, su obsesión, comenzó a volverse tóxica. Cada tweet que publicaba, cada palabra que brotaba de su teclado como una cascada narcisista, generaba una marea de odio que no solo inundaba el charco digital, sino que se filtraba, imparable, hasta sus fábricas. Los cimientos de sus imperios temblaban bajo el peso de la toxicidad que él mismo generaba. Y, en un giro perverso del destino, los mismos trabajadores de Tesla, aquellos a quienes prometía un futuro brillante, le enviaban memes de sus accidentes laborales, convertidos en NFT,s objetos digitales que atestiguaban su sufrimiento y se burlaban de su desapego. La ironía, una ninfa cruel, se deleitaba en este tormento. 

Y la ninfa Eco, aquella que en el mito original solo podía repetir las últimas palabras de los demás, había renacido en la figura de Greta Thunberg. Sus gritos, "¡¿Cómo te atreves?!", no eran solo palabras vacías, sino un trueno que resonaba en cada batería de coche que explotaba, en cada desastre ecológico que marcaba la huella de la ambición desmedida. Era la voz de la Tierra, de la conciencia colectiva, que lo perseguía, un eco ineludible de sus propias acciones. 

Narciso-Elon, absorto en su reflejo, no sabía que el Starlink no eran constelaciones de luz, sino mil espejos rotos orbitando como lágrimas de silicona, fragmentos de su propia vanidad que contaminaban el cielo. Intentó colonizar Marte, pero el planeta rojo era el único lugar donde su ego cabía entero, un vasto y solitario lienzo para su megalomanía. 

Así, el mito se repetía: el hombre obsesionado con su reflejo, ciego a las consecuencias, se consumía en la marea tóxica de su propia creación. Y el mundo, a su alrededor, se tambaleaba bajo el peso de su obsesión. 


La información de este articulo la puedes corroborar en la pagina Antidoto 2.0

1+1SumaySuma 

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